Me había comprado las entradas para ver a Koko Taylor unos meses antes de la muerte de María, un hecho que me conmocionó totalmente. Tal fue la repercusión del deceso que tan solo cuatro horas antes del concierto me acordé de las entradas, las cuales yacían en la cómoda de la habitación. Eran dos, una para cada uno. No me sentía animado para ir, la verdad, pero sabía que la casa caería sobre mí con fuerza si seguía en ella encerrado. Habían sido casi treinta días en los que prácticamente había pasado encerrado todo el tiempo, tan solo saliendo para comprar algo en el supermercado. Aunque no hacía más que comer y dormir, no engordé en absoluto. La depresión no jugó conmigo de ese modo, sino que prefirió instalarse como una losa pesada en mi cabeza, recordándome la pérdida de una persona tan querida como era María. María era mi hermana y su pérdida no hubiera sido tan dolorosa si no fuera porque ella y yo éramos los últimos de una familia antaño numerosa. Mi bisabuelo José Sánchez, casado con la jovencísima María Díaz, había tenido, a la edad de treinta y dos años, diez hijos, y aún quedaban por llegar tres más. Así que mi abuela Marisa, con doce hermanos, pasaba los veranos en Villaviciosa junto a sus más de treinta y seis primos cuando quedaban en reunirse para celebrar las enormes comidas familiares que los Sánchez creían oportuno llamar "Los banquetes de la villa." Mi bisabuelo, un famoso comerciante, poseía tierras en las que cultivaba manzanas, alguna que otra fábrica de metalurgia al sur de la región y trataba con viajantes y otros comerciantes que iban a América en busca de productos que aquí escaseaban, así que consiguió en pocos años crear una red de negocios boyantes que le permitieron asentarse muy cómodamente. De los trece hijos que tuvo, los seis varones sacaron una carrera universitaria. José Sánchez era muy avispado como para no ver que el futuro del patrimonio familiar pasaba por las manos de aquellos jóvenes, y consideraba que la única forma en que los bienes fueran respetados, asegurados e incrementados era mediante una gestión inteligente de los mismos, así que fue exigente: Ernesto, Javier, José María, Pedro, Antonio Luis y Severiano terminaron carreras de Contabilidad, Economía e Ingeniería Industrial por el bien de la herencia. Las chicas, por otro lado, no estudiaron, pero sí tenían buena carta de dote que ofrecer a sus futuros maridos, también empresarios y licenciados con amplias miras de futuro.
El aciago destino no permitiría que los hijos de los hijos del terrateniente José Sánchez pudieran tener los mismos lujos que habían tenido sus padres. Deudas de juego, estafas inmobiliarias o problemas de alcoholismo acabarían por deshacer aquel rico patrimonio; ni uno solo de los hijos varones se libró de la desdicha, y de las chicas, casi todas padecieron infortunios en sus matrimonios: líos de faldas o violencia, por ejemplo. La madre de mi madre, Florentina, vivió cómo su marido perdía gran parte de la riqueza cosechada por culpa del juego, y terminaron viviendo en una pequeña y modesta casa de las afueras de Madrid. Ella siguió fiel a su esposo aunque las deudas les asfixiaran; era tal el amor que sentía por él que nunca le dejó. Tuvieron tres hijos, a saber: Carlos, el primerizo; María; y yo, Pablo, el más joven. María y yo no habíamos nacido cuando Carlos abandonó esta vida por problemas postparto. Tal vez fueran las ganas que tenían mis padres por traer a este mundo a un hijo las que hicieron que María naciese tan solo dos años después. Yo vine al mundo cuando María contaba seis años. Cuando María finalizaba sus estudios de periodismo en la universidad y yo me decidía entre la medicina o la abogacía, nuestros padres murieron en un trágico accidente de coche. Fue el primer varapalo que llevé en mi vida, por eso no me esperaba que María me fuese a abandonar tan pronto. Estábamos ya en la treintena ambos, ninguno se había decantado por el matrimonio o una relación con alguien, así que, cuando el trabajo nos dejaba libres, solíamos pasar bastante tiempo juntos. Fue una tarde de noviembre cuando me enteré de la enfermedad que corroía a María por dentro. Un cáncer de páncreas la estaba matando poco a poco, estaba acabando a pasos agigantados con su vida, y aunque ella luchaba-es el verbo que, heroicamente, se utiliza-por paliar los dolores y frenar el avance, se la veía cada vez más delgada, consumida por una realidad invisible a simple vista. Compré las entradas para el concierto de Koko Taylor según salieron a la venta, seis meses antes del concierto. Las previsiones hablaban de que se terminarían en poco tiempo, así que me lancé a la calle el día después del fatal diagnóstico, y las compré con una razón, una razón que le trasladé a María.
- María, nos vamos a ver a Koko Taylor.
Ojerosa, me miraba como si estuviera loco, y tal vez lo estuviera por pensar que mi querida hermana iba a salir de aquella.
- No digas tonterías...
- Es la reina del blues, sé cuánto te gusta.
- ¡No ves en qué estado estoy!
Estaba igual que siempre, aún no había comenzado el tratamiento; tal vez el pelo enmarañado y sucio, la misma ropa del día anterior y aquellas bolsas bajo los ojos, pero yo seguía viéndola igual.
- Es en unos meses y para entonces ya estarás bien, María.
Comenzó a llorar. Corrió a abrazarme y lloró durante más de diez minutos. Me agarraba fuerte, arrastraba del cuello de mi jersey hacia abajo. Cuando se sosegó, la miré a los ojos, muy próximo a ella.
- Vas a salir de esta, María, te lo juro.
Las entradas seguían en la cómoda, mirándome traicioneras, como si acabaran de romper el juramento que le hice a mi hermana aquel día. Cogí una de ellas y me fui al concierto.
En la primera fila de la sala, mientras la gente se movía al ritmo de la mejor voz femenina que el blues ha podido disfrutar hasta el día de hoy, no dejaba de pensar en aquella historia de sueños que acabó truncada, en aquellos ojos rotos por el dolor (los de mi hermana) y en la soledad que sentía por ser el último que guardase la memoria de mi familia.
El aciago destino no permitiría que los hijos de los hijos del terrateniente José Sánchez pudieran tener los mismos lujos que habían tenido sus padres. Deudas de juego, estafas inmobiliarias o problemas de alcoholismo acabarían por deshacer aquel rico patrimonio; ni uno solo de los hijos varones se libró de la desdicha, y de las chicas, casi todas padecieron infortunios en sus matrimonios: líos de faldas o violencia, por ejemplo. La madre de mi madre, Florentina, vivió cómo su marido perdía gran parte de la riqueza cosechada por culpa del juego, y terminaron viviendo en una pequeña y modesta casa de las afueras de Madrid. Ella siguió fiel a su esposo aunque las deudas les asfixiaran; era tal el amor que sentía por él que nunca le dejó. Tuvieron tres hijos, a saber: Carlos, el primerizo; María; y yo, Pablo, el más joven. María y yo no habíamos nacido cuando Carlos abandonó esta vida por problemas postparto. Tal vez fueran las ganas que tenían mis padres por traer a este mundo a un hijo las que hicieron que María naciese tan solo dos años después. Yo vine al mundo cuando María contaba seis años. Cuando María finalizaba sus estudios de periodismo en la universidad y yo me decidía entre la medicina o la abogacía, nuestros padres murieron en un trágico accidente de coche. Fue el primer varapalo que llevé en mi vida, por eso no me esperaba que María me fuese a abandonar tan pronto. Estábamos ya en la treintena ambos, ninguno se había decantado por el matrimonio o una relación con alguien, así que, cuando el trabajo nos dejaba libres, solíamos pasar bastante tiempo juntos. Fue una tarde de noviembre cuando me enteré de la enfermedad que corroía a María por dentro. Un cáncer de páncreas la estaba matando poco a poco, estaba acabando a pasos agigantados con su vida, y aunque ella luchaba-es el verbo que, heroicamente, se utiliza-por paliar los dolores y frenar el avance, se la veía cada vez más delgada, consumida por una realidad invisible a simple vista. Compré las entradas para el concierto de Koko Taylor según salieron a la venta, seis meses antes del concierto. Las previsiones hablaban de que se terminarían en poco tiempo, así que me lancé a la calle el día después del fatal diagnóstico, y las compré con una razón, una razón que le trasladé a María.
- María, nos vamos a ver a Koko Taylor.
Ojerosa, me miraba como si estuviera loco, y tal vez lo estuviera por pensar que mi querida hermana iba a salir de aquella.
- No digas tonterías...
- Es la reina del blues, sé cuánto te gusta.
- ¡No ves en qué estado estoy!
Estaba igual que siempre, aún no había comenzado el tratamiento; tal vez el pelo enmarañado y sucio, la misma ropa del día anterior y aquellas bolsas bajo los ojos, pero yo seguía viéndola igual.
- Es en unos meses y para entonces ya estarás bien, María.
Comenzó a llorar. Corrió a abrazarme y lloró durante más de diez minutos. Me agarraba fuerte, arrastraba del cuello de mi jersey hacia abajo. Cuando se sosegó, la miré a los ojos, muy próximo a ella.
- Vas a salir de esta, María, te lo juro.
Las entradas seguían en la cómoda, mirándome traicioneras, como si acabaran de romper el juramento que le hice a mi hermana aquel día. Cogí una de ellas y me fui al concierto.
En la primera fila de la sala, mientras la gente se movía al ritmo de la mejor voz femenina que el blues ha podido disfrutar hasta el día de hoy, no dejaba de pensar en aquella historia de sueños que acabó truncada, en aquellos ojos rotos por el dolor (los de mi hermana) y en la soledad que sentía por ser el último que guardase la memoria de mi familia.
4 puntos de vista:
Qué lástima de entrada la que se quedó en la cómoda. Debería haber buscado acompañante.
Es una pena perderse un espectáculo, y si es de blues, más aún :)
Hola
He leído tu blog esta mañana y me pareció genial. Estoy bastante interesado en esto de escribir y me gustaría que le dieses unos consejos a alguien que quiere empezar un blog.
Consejos, pocos. Escribe sobre lo que te guste, sin autocensurarte por el "qué dirán", guardando siempre modales, claro jaja. Y decorarlo para que quede bien, intentando hacerlo atractivo. No hay más trucos!
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