miércoles 28 de diciembre de 2011

Los detalles

Yo esperaba en la plaza a que salieses de la biblioteca. Me refugié bajo los arcos de los ilustres edificios mientras la lluvia caía a raudales sobre la ciudad. Había más jóvenes como yo, con los brazos cruzados sobre el pecho, sus espaldas apoyadas contra los fríos muros: estaban esperando a que sus chicas saliesen también de la biblioteca. Parecíamos mimos en una coreografía seudo-perfecta. Cuando levantábamos la vista del empedrado, cruzábamos nuestras miradas y parecía que nos sonreíamos por la curiosa situación. Apareciste por sorpresa y me diste un beso, noté tus labios fríos por el asolador Invierno que ya había hecho acto de presencia. Nuestras manos también estaban heladas cuando las entrelazamos para dar el paseo. A punto estuve de despedirme de aquellos compañeros que aún seguían aguardando aquel beso y el cálido (y gélido) gesto de cogerle la mano a sus parejas. Nos alejamos a paso acelerado en busca del viento cortante de la bahía. No dijimos nada hasta que atravesamos el parque y llegamos a la orilla del mar, donde volviste a besarme, pasionalmente esta vez. Me hacía gracia tu nariz, enrojecida, y el aliento sobre la noche de la ciudad.

- ¿Café?-y sonrió.

- Sabes que sí-y sonreí con esa cara de gilipollas que se te queda cuando la persona a quien más quieres se delata feliz por estar a tu lado.

Al entrar en la cafetería, el calor de la estancia parecía querer fundir el halo de frío que nos rodeaba. Nos sentamos en una de las mesas del fondo. Nos encantaba espiar los movimientos de la gente y nos gustaba aún más esconder los nuestros propios, las caricias y cosquillas bajo la mesa, los besos menos aceptados por una clientela de avanzada edad. Y elegíamos ese café por evitar sospechas y rumores, cotilleos y comentarios infundados: en aquel lugar, aun lleno de gente, podíamos ser nosotros mismos.

- A veces, te lo juro, echo de menos el poder fumar en los bares.

- ¿También te apetece echar un cigarrillo?

Habíamos terminado los capuchinos y, embelesados, jugábamos con las cucharillas a mover el azúcar del fondo de la taza, pero necesitábamos la dosis de nicotina que requería la propia de cafeína, así que nos largamos del lugar encendiendo ya en el umbral de la puerta sendos cigarrillos. Dimos un par de caladas sin cruzar palabra hasta que solté una estúpida ocurrencia:

- Este maldito vicio acabará matándome.

Recuerdo que le oí decir "tú sí que eres un vicio" antes de que se abalanzara sobre mí y me quitase el aliento con un beso con sabor a tabaco. Nos bastaban aquellos momentos para dejar volar nuestra imaginación en interminables conversaciones sobre cualquier tema, desviándonos de la rutina del estudio; eran ratos muy agradables y, como coincidíamos en decir, "en inmejorable compañía". Las mañanas en la facultad se nos hacían mucho más llevaderas, pues la premisa siempre era que pasaran las horas para disfrutar de una tarde más en compañía. Eso era impagable.