lunes 5 de diciembre de 2011

Luces y sombras

Se enfrentaban a las palabras del otro, palabras ebrias pero muy sinceras. Habían dado cuenta de varias cervezas, unos pocos frutos secos para salar el gaznate y animar a la comanda de otro par de jarras. Aunque no lo pudieran percibir, sus ojos brillaban con el destello que causa el alcohol en la mirada, ese punto de luz que parece proceder de unos ojos algo más vidriosos de la cuenta, unos ojos que ya no se encuentran, sino que buscan algo más abajo en la cara, debajo de la nariz; miran a los labios del otro y el cerebro empieza a imaginarse lo que, probablemente, ocurrirá unos cuantos minutos-y tal vez unos tragos-más adelante. De vez en cuando, sí, se miran a los ojos y sonríen, embelesados, y vuelven al juego de mirarse furtivamente los labios y se quedan extasiados por décimas de segundo hasta que recuperan la compostura. Se muerden el labio inferior de ganas y esperan a que vuelva el camarero y les extienda la nota, paguen y salgan a la calle para devorarse en una esquina cualquiera. En invierno no cambia nada, tan solo las narices, enrojecidas por el frío, las manos, cubiertas por guantes, y los cuellos, protegidos de mordiscos pasionales por gruesas bufandas. Comparten música del iPod de uno de ellos y se sientan en un banco del parque o en un bordillo del paseo de la playa, y contemplan la luna llena; él la coge por el hombro, ella se deja coger. Cuando se despiden, vuelve cada uno a su propia vida, a sabiendas que cuando están juntos, viven en una intersección, en "vidas cruzadas" que diría Quique González. Quieren fusionarse y no les abandonan los pensamientos sobre el otro. Por la mañana, se vuelven a ver y esta vez se cruzan en un pasillo y corren para ser el primer en la máquina de café. Se les ve adormilados, han pasado la madrugada estudiando y pensando; piensan más de la cuenta, pero cuando se ven por la mañana, sonríen y se acercan; se besan. Se dan los buenos días y vuelven a esa intersección de sus vidas, sostienen entre sus manos algo más que un café: quieren estar juntos y beber algo-ya sea café o cerveza- es un mero ritual para justificar que están de nuevo juntos. Otras veces, acuden juntos a conciertos o pasan noches entre semana en cafeterías donde leen recitales de poesía joven. Buscan los puntos en común en ideas recitadas ante un escaso público en el que abundan bohemios, modernos y solitarios más interesados en matar el tiempo entre desconocidos, fingiendo que en realidad tienen un séquito que les secunda. Cuando algo les resulta hilarante o extravagante, disimulan su sorpresa mirándose de reojo y cogiéndose de la mano bajo la mesa como si quisieran compartir secretamente lo que no pueden expresar con palabras.
Cuando los jóvenes se entregan al amor, desnudos sobre una cama, sus miradas se encuentran cuando la pasión les ciega. Él recorre con la yema de sus dedos el cuerpo desnudo de su novia y ella acaricia su pelo, fascinados y temblando de miedo al primer encuentro verdadero que tienen. El desconocimiento a lo que se van a encontrar les aterra, pero en el fondo eso les incita a regresar cada tarde de viernes a esa buhardilla del centro. En aquel rincón de veinte metros cuadrados, habían instalado un tocadiscos y se sentaban en el suelo a escuchar discos de jazz: Miles Davis, Oscar Peterson o Bill Evans sonaban en los días de lluvia y contemplaban el chaparrón a través del velux, desde donde veían los tejados de unos cuantos edificios de la ciudad; también se contemplaba el puerto y los barcos llegar, las gaviotas cruzando el cielo en busca de un resquicio donde resguardarse.

Abandonaron la buhardilla en verano, decididos a caer por las calles hacia el puerto. Ocultos tras unas gafas de Sol oscuras, iniciaron un camino bajo los rayos de luz, guiados sus corazones por aquella imperecedera claridad que querían que nunca se extinguiera.