Queda mucho por hacer, pero son tantas las historias por vivir que merece la pena arriesgarse. Y llego a esa conclusión, al querer más que poder, aunque puedo tanto como quiero. Y decido abandonar la apatía a muchas cosas, esa mala costumbre, para comenzar algo que ve me va a reportar mucha felicidad. ¿Y el miedo siempre presente? Ahí está, sigue sin abandonarme; no nos deja ni a sol ni a sombra. Porque el miedo va de la mano con la incertidumbre, son los teloneros de la gran banda que es la decisión final o la gran verdad o la pura realidad, y hasta llegar a ellas tenemos que tragarnos un concierto aún muy largo; normalmente, su música suele destrozarnos los tímpanos y ponernos de los nervios. Es ese prefacio lo que realmente nos aterra, no lo que vivamos una vez haya pasado y nos sumerjamos en la historia-ahí ya Dios dirá-porque las horas muertas esperando una verdad que puede ser incómoda son terribles, más aún cuando te separan decenas de kilómetros y muchos días por delante.
Dicen que las personas necesitamos 21 días para acostumbrarnos a las nuevas situaciones. No dejo de mirar el calendario y tachar con rotulador los días; veo las fiestas pasar delante de mis ojos y anhelo que pasen las semanas, única y exclusivamente, por ver que, finalmente, el Sol va a brillar, y saber que va a brillar para bien, que no va a deslumbrarnos hasta cegarnos.
Vivo en un prefacio. Tengo miedo, sí, pero aún más esperanza.
0 puntos de vista:
Publicar un comentario en la entrada