martes 3 de enero de 2012

Canciones que aprendemos en el camino

Me encontré a mí mismo borracho en el día de Año Nuevo, tirado en un sofá desconocido de un pequeño apartamento cualquiera en el centro de un barrio marinero, mirando en mi teléfono móvil, aguardando un mensaje destructor. Y al primer pitido, y a pesar del ron en sangre, abrí el sms. Me sorprendió un texto tan amable y dulce que descubrí en él más amistad que pasión, más mano amiga que bocado yugular; era un mensaje tan sincero que quemaba. Disimulando, enjugándome las lágrimas con la manga de la americana, sonreí ante los impávidos y sinceros ojos de mis amigos, que me buscaban en la ebria atmósfera en la que todos nos encontrabámos.

- ¡Que es Año Nuevo!-me gritaban, y la palmada en la espalda, animando a la fiesta.

Yo forzaba una sonrisa y me involucraba en el juego de un baile sin formas, unos saltos sin corbata sobre un parquet empapado en alcohol. Acabé por olvidar aquel mensaje en mi móvil gracias a las copas de vino que irían desapareciendo poco a poco. Eran las nueve y media de la mañana cuando abandonamos aquel lugar para regresar a nuestras casas. El Sol nos recibía en aquel nuevo año con todo su esplendor, proyectando su luz contra los barcos amarrados en el muelle. Las gaviotas surcaban el cielo en busca de cualquier resto que la multitud pudiera haber dejado a lo largo de la noche. Heridos de fiesta, casi nos arrastrábamos hacia la cama. "Los clientes del bar, uno a uno, se fueron marchando", buscando en nuestros pesados bolsillos unas llaves que rezongaban ante el torpe manoseo. Recuerdo caer rendido sobre el colchón, con las galas aún puestas, y despertarme varias horas después.

Desperté antes de abrir los ojos y respiré profundamente un par de veces. Al separar los párpados, centré mi vista en el techo azul cielo de mi dormitorio y comencé a recordar. Hice memoria: desde la última campanada hasta el portazo al llegar a casa, las imágenes se sucedieron una tras otra en mi cabeza, deteniéndome en una. Me vi a mí mismo desde los ojos de cualquier compadre que pudiera haber estado en la fiesta. Me vi derrotado y débil, poco valiente. Mi decisión de seguir unos tacones de Pandora estaba echada. Quería arriesgarme a vivir una historia truculenta de la que no sabía cómo iba a salir, pero tenía muy claro que merecía la pena el sufrimiento que pudiera implicar. Cuando se tienen claras las posibles consecuencias de un plan tan arriesgado, a sabiendas que pueden ser malas, y se quiere seguir con él, realmente es porque el deseo es demasiado grande para ser enterrado.