domingo 29 de enero de 2012

La sinceridad muda

Raquel me enfocó tras sus lentes de media luna, clavando sus preciosos ojos verdes en mi temblorosa mano huesuda, que no dejaba de acercar y alejar continuamente el cigarrillo a los labios. Claramente, me estaba censurando, pero algo denotaba que, a pesar de todo, podía fumar libremente. Antes de dirigirse a mí, inspiró profundamente:

- Verás, Miguel, las noticias no son nada halagüeñas.

Estaba preparado para afrontar aquello. Ella era la profesional y yo tan sólo un profano que había curioseado unos cuantos libros de medicina antes de consultarle, pero era mi amiga y me podía permitir ciertas licencias que no podría tomar ante un desconocido en bata blanca en cualquier frío despacho de hospital.

Me apresuré a responderle:

- Lo sé, me he tomado la libertad de consultar en la biblioteca bastantes libros sobre el tema.

Y me callé. Y Raquel calló de súbito, sorprendida ante mis contestación. No esperaba que yo me aventurase solo ante el inmenso mundo que era la medicina, su vida. Volvió a inspirar profundamente, cerró los ojos y se reclinó hacia atrás, dejando caer el peso del cuerpo sobre la butaca en la que estaba sentada.

Volví a la carga:

- Llevo semanas encontrándome mal, y he leído. Desde que te lo comenté por teléfono, no he dejado de revisar libros y revistas, páginas web y blogs. No he vivido desde que te llamé.

Un silencio sepulcral. Se decidió a romperlo:

- Miguel, las pruebas dan un pronóstico malo. Es cáncer de pulmón, efectivamente, pero ya metastatizado.

De pronto, me hallé más nervioso de lo habitual. Me lancé a por otro cigarrillo. Raquel no apartó la mirada de mis movimientos, pero no dijo nada. Encendí el pitillo y di una honda calada, envolviéndome en una nube de humo como si quisiera esconderme de los problemas del mundo, mis problemas, tras ella. Tosí e intenté articular palabras:

- ¿Hay cura? ¿Quimio? ¿Radio? Lo que sea.

Raquel abandonó el gesto indiferente y ladeó la cabeza para mirar por la ventana. Podía ver sus ojos moverse, escudriñando el vacío, señal de que estaba pensando, imaginando, recreando; recordaba momentos, días, situaciones en las que ella y yo, y nosotros y más gente habíamos disfrutado juntos. Volvió a cerrar los ojos, apretando los párpados, dejando caer dos lágrimas que recorrieron ambas mejillas. Sonreí melancólico, aunque no pudo verme, y estiré mi mano para coger la suya. Me recompuse de mi nerviosismo y pánico interior para tranquilizarla:

- Todo va a salir bien, Raquel, ya lo verás.

Se giró para mirarme y clavó sus ojos en los míos. Sonreí, un poco más animado, intentando hacerle ver que mi moral era inquebrantable, como si nada hubiese pasado. Me abrazó fuertemente y comenzó a llorar intensamente mientras sus brazos me rodeaban con tal intensidad que parecía que iba a partirme en dos.

- Todo va a salir bien, Raquel...Todo va a salir bien.

Fue amargo pensar, al meterme en la cama, ya de noche, en cómo algo que me afectaba directamente a mí y en gran medida, no resultaba para nada indiferente a mi círculo de amigos. Fue triste pensar también en cómo una persona acostumbrada a la muerte, a dar malas noticias y ver el desarrollo de las enfermedades en la gente se hundía cuando, verdaderamente, tendría que mostrar su lado más pétreo; no fue así y pecó de ser persona humana.

Al apagar la luz, miré al techo, oscuro y negro como las noches de enero, y recordé la frase que me decía mi padre de vez en cuando, aquel proverbio latino que nunca podría olvidar: homo sum, humani nihil a me alienum puto. Hombre soy y nada humano me es ajeno.