Raquel me enfocó tras sus lentes de media luna, clavando sus preciosos ojos verdes en mi temblorosa mano huesuda, que no dejaba de acercar y alejar continuamente el cigarrillo a los labios. Claramente, me estaba censurando, pero algo denotaba que, a pesar de todo, podía fumar libremente. Antes de dirigirse a mí, inspiró profundamente:
- Verás, Miguel, las noticias no son nada halagüeñas.
Estaba preparado para afrontar aquello. Ella era la profesional y yo tan sólo un profano que había curioseado unos cuantos libros de medicina antes de consultarle, pero era mi amiga y me podía permitir ciertas licencias que no podría tomar ante un desconocido en bata blanca en cualquier frío despacho de hospital.
Me apresuré a responderle:
- Lo sé, me he tomado la libertad de consultar en la biblioteca bastantes libros sobre el tema.
Y me callé. Y Raquel calló de súbito, sorprendida ante mis contestación. No esperaba que yo me aventurase solo ante el inmenso mundo que era la medicina, su vida. Volvió a inspirar profundamente, cerró los ojos y se reclinó hacia atrás, dejando caer el peso del cuerpo sobre la butaca en la que estaba sentada.
Volví a la carga:
- Llevo semanas encontrándome mal, y he leído. Desde que te lo comenté por teléfono, no he dejado de revisar libros y revistas, páginas web y blogs. No he vivido desde que te llamé.
Un silencio sepulcral. Se decidió a romperlo:
- Miguel, las pruebas dan un pronóstico malo. Es cáncer de pulmón, efectivamente, pero ya metastatizado.
De pronto, me hallé más nervioso de lo habitual. Me lancé a por otro cigarrillo. Raquel no apartó la mirada de mis movimientos, pero no dijo nada. Encendí el pitillo y di una honda calada, envolviéndome en una nube de humo como si quisiera esconderme de los problemas del mundo, mis problemas, tras ella. Tosí e intenté articular palabras:
- ¿Hay cura? ¿Quimio? ¿Radio? Lo que sea.
Raquel abandonó el gesto indiferente y ladeó la cabeza para mirar por la ventana. Podía ver sus ojos moverse, escudriñando el vacío, señal de que estaba pensando, imaginando, recreando; recordaba momentos, días, situaciones en las que ella y yo, y nosotros y más gente habíamos disfrutado juntos. Volvió a cerrar los ojos, apretando los párpados, dejando caer dos lágrimas que recorrieron ambas mejillas. Sonreí melancólico, aunque no pudo verme, y estiré mi mano para coger la suya. Me recompuse de mi nerviosismo y pánico interior para tranquilizarla:
- Todo va a salir bien, Raquel, ya lo verás.
Se giró para mirarme y clavó sus ojos en los míos. Sonreí, un poco más animado, intentando hacerle ver que mi moral era inquebrantable, como si nada hubiese pasado. Me abrazó fuertemente y comenzó a llorar intensamente mientras sus brazos me rodeaban con tal intensidad que parecía que iba a partirme en dos.
- Todo va a salir bien, Raquel...Todo va a salir bien.
Fue amargo pensar, al meterme en la cama, ya de noche, en cómo algo que me afectaba directamente a mí y en gran medida, no resultaba para nada indiferente a mi círculo de amigos. Fue triste pensar también en cómo una persona acostumbrada a la muerte, a dar malas noticias y ver el desarrollo de las enfermedades en la gente se hundía cuando, verdaderamente, tendría que mostrar su lado más pétreo; no fue así y pecó de ser persona humana.
Al apagar la luz, miré al techo, oscuro y negro como las noches de enero, y recordé la frase que me decía mi padre de vez en cuando, aquel proverbio latino que nunca podría olvidar: homo sum, humani nihil a me alienum puto. Hombre soy y nada humano me es ajeno.
- Verás, Miguel, las noticias no son nada halagüeñas.
Estaba preparado para afrontar aquello. Ella era la profesional y yo tan sólo un profano que había curioseado unos cuantos libros de medicina antes de consultarle, pero era mi amiga y me podía permitir ciertas licencias que no podría tomar ante un desconocido en bata blanca en cualquier frío despacho de hospital.
Me apresuré a responderle:
- Lo sé, me he tomado la libertad de consultar en la biblioteca bastantes libros sobre el tema.
Y me callé. Y Raquel calló de súbito, sorprendida ante mis contestación. No esperaba que yo me aventurase solo ante el inmenso mundo que era la medicina, su vida. Volvió a inspirar profundamente, cerró los ojos y se reclinó hacia atrás, dejando caer el peso del cuerpo sobre la butaca en la que estaba sentada.
Volví a la carga:
- Llevo semanas encontrándome mal, y he leído. Desde que te lo comenté por teléfono, no he dejado de revisar libros y revistas, páginas web y blogs. No he vivido desde que te llamé.
Un silencio sepulcral. Se decidió a romperlo:
- Miguel, las pruebas dan un pronóstico malo. Es cáncer de pulmón, efectivamente, pero ya metastatizado.
De pronto, me hallé más nervioso de lo habitual. Me lancé a por otro cigarrillo. Raquel no apartó la mirada de mis movimientos, pero no dijo nada. Encendí el pitillo y di una honda calada, envolviéndome en una nube de humo como si quisiera esconderme de los problemas del mundo, mis problemas, tras ella. Tosí e intenté articular palabras:
- ¿Hay cura? ¿Quimio? ¿Radio? Lo que sea.
Raquel abandonó el gesto indiferente y ladeó la cabeza para mirar por la ventana. Podía ver sus ojos moverse, escudriñando el vacío, señal de que estaba pensando, imaginando, recreando; recordaba momentos, días, situaciones en las que ella y yo, y nosotros y más gente habíamos disfrutado juntos. Volvió a cerrar los ojos, apretando los párpados, dejando caer dos lágrimas que recorrieron ambas mejillas. Sonreí melancólico, aunque no pudo verme, y estiré mi mano para coger la suya. Me recompuse de mi nerviosismo y pánico interior para tranquilizarla:
- Todo va a salir bien, Raquel, ya lo verás.
Se giró para mirarme y clavó sus ojos en los míos. Sonreí, un poco más animado, intentando hacerle ver que mi moral era inquebrantable, como si nada hubiese pasado. Me abrazó fuertemente y comenzó a llorar intensamente mientras sus brazos me rodeaban con tal intensidad que parecía que iba a partirme en dos.
- Todo va a salir bien, Raquel...Todo va a salir bien.
Fue amargo pensar, al meterme en la cama, ya de noche, en cómo algo que me afectaba directamente a mí y en gran medida, no resultaba para nada indiferente a mi círculo de amigos. Fue triste pensar también en cómo una persona acostumbrada a la muerte, a dar malas noticias y ver el desarrollo de las enfermedades en la gente se hundía cuando, verdaderamente, tendría que mostrar su lado más pétreo; no fue así y pecó de ser persona humana.
Al apagar la luz, miré al techo, oscuro y negro como las noches de enero, y recordé la frase que me decía mi padre de vez en cuando, aquel proverbio latino que nunca podría olvidar: homo sum, humani nihil a me alienum puto. Hombre soy y nada humano me es ajeno.
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