miércoles, 20 de marzo de 2013

Gracias por malacostumbrarme

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Gracias por malacostumbrarme
al éxito de estar contigo
cada día que pasa,
por evocarme a un presente tranquilo
y, a la vez,
lleno de miedo
por preguntarme
"¿dónde está el fallo?" de esta
calma sin tempestad. Porque,
por extraño que parezca,
también es jodido hacerse
a este Sol entre tanto invierno,
escuchar Quique González sin pensar
en la demonización de sus frases
o pensar en los viajes sin la lacra
de las despedidas. Que ya pasé
mucho tiempo buscando miradas fugitivas
en una ciudad que no quería olvidarse de
algunos nombres; que ahora busco
grabar en las placas de cada calle el número
infinito de besos que nos habremos dado
al cabo de un suspiro.

Pero gracias, sobre todo, por hacerme
creer un poco más en dios;
no el que redime de los pecados cuando llega la muerte,
sino en el que me promete una eternidad contigo.



No todo fue malo:
hubo un día en el que vi la primavera en su boca
cuando no mordía...

Canción a mi público de Andrés Suárez.

martes, 12 de marzo de 2013

Poema por encargo

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Resulta difícil escribirte
un poema por encargo,
prevalecen más las ganas
que el deseo y se muere
la inspiración en este papel volátil.
No escribo para agradarte,
ni siquiera por leerme ausente,
apartado de la realidad,
incrustado en un cristal inmóvil,
sino por verte entre letras insomnes
que aguantan nuestras noches de sábado,
que no olvidan que nuestros adioses
duran un rato,
que nos verán cuando
  -no lo quiera Dios-
ya no seamos tú y yo.

Resulta difícil escribirte
un poema por encargo,
más difícil es olvidar nuestros pactos
bajo las sábanas, nuestros tratos
al instante en que nuestros ojos
se violan en la estación, nuestros baños
de masas entre las olas de un vaso.

Resulta difícil escribirte
un poema por encargo.
Resulta difícil no hacerlo
cuando embargo cada noche
mi presencia a tu lado;
que me llevé tu recuerdo para
la distancia y no te dejé nada
más que varias líneas tontas
y un abrazo de arruga y lágrimas
sobre la camisa.

lunes, 11 de marzo de 2013

Tu naturaleza

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Cuando te conocí,
ya habías vivido la verdad y la mentira;
entonces, pernoctaban mil dudas en el cielo gris de tus ojos.
Parecía que querías ponerte a llover.
No distinguías entre soledad y
nostalgia. Eran tus labios
una veleta sorda que giraba
al viento de tus sinsentidos. La mar moría
en paz en tus venas. Cuántos se habrán ahogado en tus copas de vino. O ron
de los marineros; porque hay que armarse de valor para desarmar la coraza en
la que embutiste a tu corazón
hace ahora seis latidos.
A veces te siento como el hielo glacial
de mi copa, fundiéndote en un suspiro
entre el colchón y mi boca,
con tantos aullidos ahogados
y reprimidos que exhalas ahora
en huracanes.
Siento tu rabia. Siento tu rabia
tanto como siento que hayas vivido
ya la verdad y que no fuera conmigo.
Intentemos deshacer la mentira.

domingo, 10 de marzo de 2013

Nuestra rutina

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Lloran los semáforos cada vez
que me largo. Siento como un
aguijón clavándose dentro,
ahogándome un poco, disolviendo
el tiempo vivido contigo, como
si nunca fuese a recuperarlo. Y aunque
en unos días volveremos a nuestra
rutina efímera de amarnos y disociar despertares
para alinear horarios de tren.
Y aunque mi vida cotidiana esté en otra ciudad,
nunca podré llamarlo hogar porque tú no estás allí.
Y no hay labios de cerveza, ni qué canción es esta,
ni qué poeta me traes hoy para después de dejarnos la vida en la cama,
esta que respira gracias a ti. Allí mi cama es silenciosa,
no responde al timbre de sus muelles nuestra llamada de amor;
carece de solución esta tristeza que es la soledad de mi habitación
cuando te pienso y aún es jueves.
A veces me vale más pensar que no existes
porque ignorar que estás en este mundo duele menos
que saberte lejos.

lunes, 4 de marzo de 2013

Te mentí

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Te mentí:
en mi casa nunca sonó Dylan,
aunque a veces sí tiramos de Janis. Entumece el aire
su voz quebrada; parece la casa más acogedora
y yo, aún aprendiendo a leer en mi cuarto, solo,
oía el rumor venir desde el salón. Pero no,
no era Dylan.

Te volví a mentir cuando te dije
que había vivido en Macondo. Aunque lo visité
  -pasé una semana allí-
no me decidí por escoger ninguna casa,
ni por esperar a Melquíades, el gitano,
cuando llevó el hielo a Macondo. No.
Me fugué con el primer tren de la compañía
bananera por no ver amanecer una nueva generación
de Buendías.

No pisé ningún museo de aquellos, así que
volví a caer en la mentira. No me acostumbro a los
fusilamientos de mayo, ni a la vieja friendo huevos,
ni al bombardeo sobre Guernica. Me queda grande
el darle a la vida a la historia a través del óleo; me cuesta
seguir tus pretensiones.


Te mentí demasiadas veces;
quizás no te des cuenta de que en realidad
mi verdad eres tú.

domingo, 3 de marzo de 2013

Etiología de nuestra ropa

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Etiología de nuestra ropa
por el suelo de la casa:
entrada, cocina,
habitación y, finalmente, cama.
Estás apoyada en la ventana,
viendo el atardecer de tantas cosas
y la mañana de muchas. Piensas
en algo, lo sé. Lo sé por cómo miras
el huerto de antenas telefónicas, por cómo
escuchas el rock de gotas de lluvia y pájaros
en desbandada, por cómo hueles las flores
en tecnicolor que transportan a las personas
hasta sus casas. 
Se está bien en casa.
Y me gusta observarte desde
el umbral de la puerta del dormitorio, cerveza en mano, 
desnudo, sonriente tras cada trago. 
Suena Andrés Suárez en la cadena. Aún lo pongo
por si perdieras ese grado de enamoramiento,
por si pudiera retroceder tu corazón y, entonces,
tuviera que tirar de poemas
   -como este...

A veces me veo solo en el espejo. Es lo que tiene
vivir en fin de semana y morir con la rutina
del despertador canalla y las prisas,
las clases llenas de gente pero vacías,
y las mil hojas por leer que no son poemas,
y la anatomía por estudiar que no es la tuya.

Tengo la suerte de vivir a base de paciencia,
una taza todas las mañanas -sin leche- para reanimarme.
Porque sé que tengo que llevarlo con calma
para no agobiarme, para no coger un bus
todas las tardes y plantarme en mi casa,
que es la tuya, y remover Roma con tus labios
para encontrar la paz que dibujan tus ojos clavados
en los párpados. Y al abrirlos, encontrar mi paz,
agitado el pecho casi sin aire, tumbado,
mirando al techo, jadeando,
reviviendo.

viernes, 1 de marzo de 2013

Tequilas a las tres de la mañana

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En torno a este viernes moribundo,
en torno a la mesa del salón de casa de mis dos amigos,
están dispuestos los tequilas en círculo,
con la sal en nuestras tabaqueras 
y el limón de la vida agrietando nuestros labios.
Son las tres de la mañana,
una hora menos en mi pensamiento:
ya habrás salido del trabajo y te irás a casa,
renqueante tu corazón por otra noche sin fiesta
y sin mí, aunque sea yo más un complemento
que tu esencia. Juro que algún día llegaré a ser
tu despertar y tu anochecer en la misma cama,
en distintas circunstancias
cada una.
A las tres y media ya no veo ni los vasos,
pero encuentro tu foto en la pantalla de mi móvil,
descuelgo y callo,
me muero en un silencio de blanca con puntillo. Al otro lado,
respiras; yo sonrío. Colgamos a la vez y sé
que sonríes también al mismo tiempo.
Como cuando nos corremos al unísono de nuestros gemidos,
nos sobran las palabras para llenar
la honda atmósfera de felicidad que transpira nuestra piel.

jueves, 28 de febrero de 2013

Escena de canción de Sabina

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Y montamos otra escena
típica de canción de Sabina:
una cocina en domingo
de penurias y disputa doméstica,
una cama redentora que se mudará
el lunes por la mañana y un
no sin ti, pero ni contigo al besarte.

Nos olvidamos la primavera,
que había madrugado y esperaba
a la puerta, y seguimos alargando
aquel invierno tan frío como el
último suspiro antes de gritar ¡basta!.

Es comprensible que el café supiese
aún más amargo, que por casa fuese
con las botas puestas -por si me echases de más-
o que no quisieras verme más que reflejado
de soslayo en el espejo.

Lo entiendo.

Es tan difícil ser un amante público...




miércoles, 27 de febrero de 2013

Una vida inconclusa

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Estaba un poco desquiciado. Las tardes vacías me pasaban factura. La noche se dibujaba ya en la ventana, tenía pinta de que el frío me haría compañía en la cama una vez más. La habitación era un pequeño cubículo con vistas al recuerdo: un trozo de la calle mal iluminado con un bar abierto -donde me había tomado unos tequilas-, un coche aparcado en parte sobre la acera y algún que otro cartel reivindicativo que anunciaba huelgas y movilizaciones contra los despidos en la industria. La estancia tenía un pequeño taco de folios en blanco y un par de bolígrafos de propaganda del propio hotel sobre un escritorio hortera y anticuado. No era mucho, pero me sobraba. Para escribir no se necesita mucho; para elaborar una buena historia, sí. Pero tenía las ideas, que eran mi propia experiencia, un hondo tintero de anécdotas y conversaciones. ¿Cómo plasmarlas? Con paciencia, sin duda; eligiendo bien el momento que le corresponde a cada una de ellas.

Me puse a ello a pesar de los tequilas en sangre. Estaba en ese momento emocional que la vida suele otorgarle a todos los escritores para que desarrollen una obra: algo bebido, jodido en el amor, tocado el portaaviones en lo personal. Las circunstancias que me habían empujado a aquella calle, a visitar aquel bar oscuro y, por último, a reservar por una semana aquella habitación de paredes desconchadas eran las propicias para contar lo que mi mente, ya cansada de ahogar en silencio, quería escupir. En media hora, con aquel sencillo bolígrafo, y sin casi darme ni cuenta, había recorrido quince páginas de aquellos capítulos de mi vida que iban a formar parte de una novela. Que se fuera a publicar o no ya era otro tema. ¿A quién podría interesarle mi vida? ¿Qué editorial iba a querer publicar mi vida, ponerle un precio y hacer que gente anónima la consumiese? Se trataba efectivamente de mi vida y ¡gente anónima!, sí, iba a leerla, a juzgarla, a pensar y reflexionar sobre ella. Me aterraba la idea. Solté el bolígrafo de golpe. Esperé cinco minutos, en mi cabeza fluían visiones de librerías con estantes llenos de mi novela, con mi fotografía en grande en portada -no una fotografía actual, no: tenía que ser una imagen de mi yo en niño, quizás con un triciclo o vestido de jugador de fútbol- y un pequeño detalle donde se leyese "8ª edición" -¡cuantísima gente la habría leído, entonces!-; gente hojeándola en la librería, soltando billetes por ella...

Cogí los papeles, saqué el mechero de mi bolsillo y los prendí junto a la ventana. Mientras ardían, aproveché para encenderme un cigarrillo.

Estaba quemando mi vida.



Se fue dejando un rastro de confeti;
la luz del garaje, encendida.

Dallas-Memphis  de Quique González.